Un artesano de la vida

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La experiencia de haberse codeado con la Trova rosarina y prometer como músico a nivel nacional, para luego pasar a vivir en las calles de la ciudad que lo vio nacer. Charlie Bustos es una leyenda del rock local, un músico que hace carne su filosofía de vida.

Por: Martín Stoianovich

El contexto cotidiano de peatonales, teatros, museos, monumentos, comercios y miles de personas que transitan por las calles rosarinas, contrasta con el día a día de ciertos personajes. Son aquellos que hacen la pausa, que le ponen la mano en el pecho a la vorágine diaria marcando un límite a los motores que mueven a la sociedad. Quedan fuera de lado los calendarios, los desayunos y las cenas con horarios, las obligaciones y las aspiraciones de llegar a ser como el tipo del cartel luminoso de la esquina más transitada. El brillo y las luces están adentro, y lo descubre quien se anima a mirar a los ojos a un desconocido para encontrar allí lo que para los manuales del ciudadano estándar son errores o locuras, o el precio de no haber seguido al pie de la letra el esquema que se ha impuesto sobre la vida, que otros quizás para conformarse llamarán destino.

Si es sábado o domingo se lo suele encontrar por la zona del Parque Nacional a la Bandera, dando vueltas por la feria de artesanos de La Fluvial. Durante los días de semana su impronta se pasea por la Plaza Montenegro en la peatonal San Martín y allí sólo basta con verlo de lejos para reconocerlo. Anda luciendo alguna campera de cuero, una mochila a cuestas, a veces una bicicleta cerca suyo y, casi siempre, un porrón en la mano. Lo distingue una barba algo voluminosa y un pelo largo y negro que aún resiste al paso de los años. Cuando hay un poco de suerte, y ningún pesar que supone la convivencia con el día a día de las calles lo impide, lleva consigo una guitarra y ahí sí es él en su mayor expresión: el pibe que coqueteó con la Trova rosarina, despabiló a más de un vivo con sus letras y conquistó el corazón de muchos rosarinos que lo recuerdan en los suburbios locales y quizás hoy no lo reconozcan. Charlie Bustos: el mismo que viste y calza.

Entrado en confianza deja fluir su voz rasposa y comienza a contar aspectos de su vida que para él no son relevantes sino que conforman su andar cotidiano de toda la vida.  Es de pocas palabras para hablar de sí mismo, y a la vista está que no se considera una personalidad de relevancia destacada, por lo que los diálogos suelen desviarse a otros rumbos también interesantes. Cuando se logra ir al grano deja ver una historia rica en anécdotas, reflexiones y vivencias que dan lugar a la duda eterna y a la figura de mito que más de uno le adjudica. Se conoce así a su entorno más íntimo, en el que se encuentra a su hermana como compañera de vida desde aquellos lejanos años de niñez. Los testimonios ayudan a construir un poco la historia de este tipo que escribió su estilo de vida en las poesías que algunos músicos de renombres entonaron en grandes escenarios y vendieron en miles de discos, casualmente una parte de la vida de los artistas de la que Charlie decidió no formar parte.

Una infancia que habilitó al músico

“Mis viejos nos apoyaban mucho, como mi viejo era músico empezamos muy de chiquitos con cuatro o cinco años. Ella cantaba tango y yo folklore”, recuerda hoy Charlie siempre trayendo a su hermana al recuerdo. Graciela hoy es docente, vive en los primeros números de calle Ocampo, al lado de la casa de sus padres, y cada tanto refugia a su hermano menor bajo su techo. Volviendo al recuerdo, Charlie insiste: “Es una familia de músicos, mis viejos nos apoyaban en todo y gracias a ellos que son unos santos pudimos estudiar y realizar lo que quisimos: no vivir de la música pero sí llevarla todo el tiempo a donde vayamos”. Cuando anda sin guitarra es porque la perdió, se la robaron, o simplemente no hay explicación, pero de alguna u otra manera la música siempre vuelve a él. O él vuelve a la música. Es una relación por momentos platónica, pero que suele concretarse cada tanto en alguna guitarreada callejera.

La infancia de los hermanos Bustos transcurrió entre partituras, melodías y entonaciones. Hay registro de ello en la memoria de Charlie cuando comenta que su padre los llevaba al programa radial de los años 50 y 60 llamado “El club de los Ruxcolitos” para que hicieran lo que desde pequeños aparecía entre sus principales virtudes. También hay registro en la web, puesto que la avanzada de la tecnología permitió adaptar un archivo digitalizado en el sitio YouTube. Allí se puede oír el dúo infantil en unas estrofas alusivas al aniversario de la Revolución de Mayo. Una verdadera joya que deja para la posteridad el certificado de una vida codo a codo con la música.

El crecimiento de aquellos niños se dio como se esperaba, haciendo música. Charlie tomando clases de acordeón, mientras que Graciela hacía lo propio con el piano. Se formaban durante la adolescencia los primeros grupos de amigos donde la esencia del entretenimiento era juntarse a tocar la guitarra alejados de los ruidosos hits que reproducían las discotecas. El hippismo hacía estragos en las juventudes y así los Bustos recorrían sus primeros caminos en sectores de la sociedad caracterizados por la contracultura y la rebeldía.

Y se escapa en un trago hacia un sueño perdido

El rock, tanto su música como la poesía que nacía del contexto social de aquellos años, hizo de Charlie y de toda una camada de jóvenes una generación dispuesta a enfrentar al establishment cultural y político a través del arte que nacía del propio sentido crítico. Hoy, Graciela recuerda: “Toda la etapa de la juventud durante la dictadura por usar pelo largo lo llevaban en cana a cada rato y más cuando se enteraron que era músico. No fue el mejor caldo de cultivo para generar una mente creativa, pero estaba el germen de rebeldía que los jóvenes siempre tienen”.

Charlie daba sus primeros pasos en bandas informales con amigos y compañeros de andanzas, pero su fuerte siempre consistía en la música como solista. El contacto con artistas como Omar Serra o Batato Barea lo llevó de a poco a tejer lazos que más tarde lo empujarían al sueño, propio o ajeno, de grabar un disco. Tal como lo explica su hermana, Charlie no formó del todo parte de la Trova, era más chico y entró en la cola, “pero como tenía su público y mucha gente lo iba a ver se empezó a enganchar con estos pibes, y con el que más hizo vínculo fue con Lalo de los Santos”.

Hacia el año 82 Charlie viajó a Buenos Aires para producir lo que sería su primer álbum, de la mano de Lalo de los Santos y Litto Nebbia que ya habían consolidado sus carreras. “Estaba toda la expectativa, pero no sabemos qué pasó”, así de sencilla es la respuesta de Graciela hacia el eterno cuestionamiento sobre este proyecto que terminó siendo inconcluso. Sólo hay algo certero: Lalo de los Santosse vio atraído por la estirpe artística de Charlie y lo sedujo para publicar en un disco suyo dos obras propias de Bustos: “Alguien se muere de amor”, y “Al final de cada día”. El primero de estos también formó parte de las discografías de la cantante de tango Adriana Varela.

No hay explicaciones para poder definir qué fue lo que sucedió, aunque su hermana cree suponer de dónde viene esta historia. “Son gente que están en el negocio, le cambiaron algunas cosas de las letras y Lalo aparece como coautor, por lo que cobraba dinero. Mi hermano nunca cobró nada”, asegura Graciela suponiendo que Charlie sintió algún tipo de frustración y a raíz de esto eligió dejar la música en un segundo plano. Quizás el agobio de las luces y los ruidos de las cajas registradorasde los que nunca quiso ser parte, lo impulsaron a emigrar a San Luis con su compañera de aquel momento. Así comenzó a dedicarse a la artesanía, tuvo una hija y volcó su vida a un sentido espiritual totalmente alejado de las ambiciones del éxito.

Charlie por su parte prefiere guardar silencio sobre las cuestiones que dejaron que su vida no siguiera por los caminos de la música como una profesión estable. Sí guarda un profundo respeto por sus colegas y simplemente explica: “Son grandiosos, unos bochos, genios. Cada uno hizo la suya y siguió su camino. Fue una elección, pero viví otras cosas, otras vivencias que no tienen que ver con el ambiente musical. Que cada uno haga lo que quiera”.

El eterno expulsado

Charlie se remonta a sus años de juventud y recuerda que a sus diecisiete años, una jovencita unos años menor que él escribiría una poesía a la que luego le pondrían música: “Para arreglar las cuentas con Rosario”. La joven poeta no es otra que Beatriz Vignoli, que hasta hoy continúa decorando los pasillos de la literatura rosarina. “Quiero gastarte a pasos, quiero ser el fantasma de tu calle. El que pasa las noches en los burdeles o en la cárcel. Quiero ser el sonámbulo, el errante, ser el croto, el linyera, el vagabundo. Ser el eterno expulsado, todos los parias, todos los marginados, todos aquellos que sobre tu asfalto dejaste abandonados. Quiero ser el borracho que se duerme con la botella aún entre los labios. Quiero ser el anciano que mendiga, hasta que el viento y el sol gasten sus manos. Y a pesar del dolor al fin podré ser libre”, dicen los primeros renglones de esta poesía que el propio Charlie reconstruyó en manuscrito para 30D.

Quizás haya sido un presagio,o el indeclinable modo de vida elegido, pero no hay dudas de que esta poesía que Charlie entonaría en su juventud, años después la adaptaría a su vida. Hoy se lo ve con pocas posesiones materiales, llevando en sus manos algún par de sahumerios que serán vendidos o regalados, intercambiando algunas estrofas o conversando con los compañeros de su Rosario gastada a pasos. “Tengo una guitarrita, mi hermana y mi familia, no necesito nada de la música, hay gente que vive de eso y se dedica mucho, yo no me dedico tanto pero sin embargo toco todo el tiempo”, reconoce hoy Charlie aunque define a la misma música como “la mejor de las formas de liberación” y reflexiona: “Sin música la vida sería un embole”.

Quizás las reflexiones que su hermana comparte hoy sean la aproximación más cercana a la vida de Charlie, aquel músico que durante sus primeros años constituía una de las promesas de la cantera rosarina. “Yo el único rocanrolero que conozco de verdad es mi hermano, que realmente fue coherente con toda su rebeldía”, dispara hoy Graciela. Y Charlie sigue ahí, por las calles de la ciudad, compartiendo algún trago o alguna canción que irá a despabilar a más de uno que lo reconozca en sus melodías. Y seguirá cantando, el artista del asfalto y de los parques: “Todavía yo estoy vivo, todavía hay algo en mí que late, y aunque te parezca tarde, me devolverás mi libertad Rosario, me encontraré a mí mismo y vengaré mi propio asesinato”.